Sabía que pasaría esto. Agoto mis últimas fuerzas. Lucho con todo mi corazón, alma, piel, dientes y huesos. Me dejo por el camino, por si acaso sirviera (nunca sirve, pero nunca pierdo la esperanza de que algún día sí lo haga, aunque al final tampoco valiera porque si me dejo a mi, ¿de qué sirve mantener algo donde no existo?) Al final se rompe, siempre se rompe. Es sorprendente lo frágil que era, que siempre fue, a pesar de todo lo que resistió.
Miras atrás y... ¿qué? No cambias lo vivido, claro. Eso no. Pero te preguntas si mereció la pena lucharlo tanto. Y la única razón que encuentras para que así sea es que cuando mires atrás no te atormentará el ¿y si...? Y que creías que merecía la pena, claro. Siempre lo parece. Algún día quizá sea.
Y luego confirmas, una vez más, que lo sabías. Que cuando tiraras la toalla, cuando ya no hubiera solución, cuando ya...ya, NO, entonces sucedería lo que llevabas tanto tiempo esperando. Algo que incluso unas horas antes hubiera supuesto la diferencia entre perder la esperanza o no perderla. Pero llega tarde. Siempre llega tarde.
Y te resbala como un manto sucio y pegajoso, la tristeza, porque llevas tanto sintiéndola, estás tan acostumbrada, que lo sorprendente es sentir algo que no sea ese abismo. Y toca esperar a que el tiempo pase y coloque todo en su sitio, que tampoco es este. La vida da tantas vueltas que quién sabe. Yo, desde luego, si algo tengo cada vez más claro es que no hay nada claro. O prácticamente nada.
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