15 de febrero de 2012

La locura del viento.

No llegué a hablar de mi viaje a Grecia, ni de sus mercados de especias, ni del modo en que tanta belleza me erizaba la piel. Tampoco de la magia de Nafplio ni de aquella fortaleza que conquistamos, ni de la vendedora de kombolois y su profunda tristeza al hablar de su país, ni del mejor frappé que tomamos aquellos días, sentados en la terraza a orillas del mar, sin que existiera nada más que ese momento. Se quedaron en el tintero los yonkis de Omonia y el debate sobre si el mejor culo del mundo pertenecía a aquella estatua de Poseidón o a la chica-en realidad, chicas, todas te entusiasmaban- que fuimos siguiendo, sin querer, al bajar del Likavitos.

Recuerdo con total nitidez los graffitis de Exarchia y la tienda de cuadernos en miniatura, los souvlakis y frappés y aquellos panes rellenos de todo tan increíblemente apetitosos, las tortugas follarinas del Keramikós, el mejor yogur del mundo que no es griego, sino de búfala búlgara. El fantástico atardecer en el templo de Poseidón después de hacer un viaje de 65 km en un tres horas y media porque el autobús paraba, literalmente, cada vez que alguien timbraba en medio de la ¿autopista? (¿aquello era una autopista?), el baño furtivo junto al templo y aquel bicho indeterminado que - cómo no - acabó picándome. El argentino que me encandiló a mi y al que encandilaste tú sin enterarte de nada, mientras me dejaba a precio irrisorio pendientes y pulseras y su amigo rico vendía pantalones como un mendigo cualquiera. Tomarnos cervezas rodeados de música alegre, con la Acrópolis iluminandonos la noche a tan sólo unos metros y sintiendonos en el lugar exacto en el que estábamos.

Me guardé para mi aquella ciudad tan llena de contrastes, el licor de canela(¿raki?) de fiesta por Gazi, las risas que nos entraban con la ceremonia de apareamiento del pompón de la guardia griega-por mucho que nos intentaran convencer de que aquello era el cambio de guardia-, las noches interminables que pasaban en un suspiro hablando de todo y de nada, sintiendo el tiempo detenerse para siempre en aquella locura llena de sorpresas y magia, lo cerca que estuvimos entonces. Lo guardé para mi porque era como quería recordarte: comprendiendo el por qué de tus desastres y tus torbellinos, sintiéndote lleno de risas y sonrisas ávidas de descubrir y mostrar, dejándote fluir y fluyendo conmigo, ajenos a todo lo que no fuera aquel momento.

Ha pasado mucho tiempo y, sobre todo, han sucedido muchas cosas. Hoy, al oler las especias del souvlaki que he tenido que tirar porque se ha llenado de cristales al romperse el bote-ya casi vacío y que administraba con cuentagotas- tantos recuerdos se han agolpado, tantas cosas han venido a mi memoria, que decidí compartir algunas contigo.

Lo leerás. Lo se. No se cuando pero lo leerás. Puede que tú también lo recuerdes, quizá con otros detalles, pero qué importa eso. Sé que sabes de lo que hablo: te echo de menos, pequeño. Aunque nunca volvamos a ser los mismos, te echaré de menos. Siempre. Y pase lo que pase, y a pesar de todo lo pasado, sabes que siempre estaré. Y yo se que tú estarás. Aunque a veces la locura del viento enfurezca a la fuerza del agua y a veces el ímpetu del agua descoloque el fluir del viento. Sucede, está en su naturaleza. Pero también sucede que el agua es vapor y vuela en la brisa, y sucede que el viento acaricia las gotas de lluvia. La cuestión es comprender que ambas naturalezas son en realidad la misma.

Siempre nos quedará Grecia :)

2 comentario(s):

  1. Lo leeré, y recordaré cada una de esas cosas, y un loco viaje en taxi de mas de 500 km, y una habitacion hotel al lado de Monastiraki. Recordaré una tarde escuchando música griega en un bar, conozco muy poca gente, que no sea griega o hable griego, capaz de disfrutar con ello y por eso me alegro de que estuvieras tu y lo recuerdo como algo muy especial. Recuerdo la tienda de suvlakis, el mercado, tu y yo comiendo una ensalada griega en el mercado, la chica de los kombolois de la que me enamore y en la que he pensado furtivamente alguna tarde. Lo recuerdo pero no como un aroma a despedida, sino con el aroma de una historia increíble. Porque siempre me quedarán dos sitios, Grecia y París, sobre todo el primero, y tu formas parte de Grecia, de mis recuerdos de Atenas, eres parte de las calles de Nafplio y parte del paisaje del templo de Poseidón.

    Como todos los griegos estoy acostumbrado a los largos viajes y ausencias, a tener amigos en cada esquina del mundo, a estar tiempo sin verlos. Mi casa siempre está abierta, no importa el tiempo que haya pasado. Siempre es un placer ponerme al dia con un buen amigo con un frappé o una cerveza en la mano. Se que tarde o temprano volveré a Grecia y cuando ese momento llegue espero que vengas a verme, me quedan muchas cosas que enseñarte de ese hermoso país ;-)

    Me alegro de que te gustara Grecia, me alegro muchísimo. Hace siglos que no he vuelto a ser tan feliz. ^_^

    "El hombre tiene que estar un poco para atreverse a romper sus cadenas y ser libre" Kazantzakis. Me gusta el titulo del post ^_^

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  2. De la que te enamoraste de verdad fue de la chica de la tienda de camisetas, que yo ya me veía dando vueltas con los yonkis de Omonia para dejaros intimidad en el hotel, jajaja. A lo mejor así la mujer dejaba de sonreirnos pícaramente cada vez que subíamos y bajábamos de la habitación... la que me regaló las botellas de ouzo con la condición de que le prometiera dártela cuando nos viéramos de nuevo:)Lo del viaje en taxi de 500km me llegó al alma, señorito viento.

    Un abrazo.

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